Padre Amatulli

Vida y obra delPadre Amatulli

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Vislumbrando la eternidad y analizando la realidad eclesial

Presentación de los libros «Soñando con los ángeles y los santos» y «Combate a muerte», los más recientes escritos del padre Amatulli, que conforman la colección «Luces de eternidad».

Escritos más personales e íntimos

En 2014 el padre Amatulli, nuestro fundador, inició una nueva colección y una nueva etapa en su faceta de escritor. Esta colección se titula «Luces de eternidad» y está constituida por tres títulos: «Soñando con los ángeles y los santos»«Combate a muerte» y «Mis cincuenta años de vida misionera».

Pues bien, en esta nueva etapa de su vida, el padre Amatulli nos ofrece una serie de escritos muy íntimos, donde nos permite asomarnos a su interioridad, a vivencias muy personales, cuyo protagonista y espectador es él mismo, guardadas en algún rincón de su memoria desde su infancia y adolescencia o vividas recientemente. Gracias a Dios, el padre Amatulli ha tomado la decisión de compartirlas con nosotros, su Familia Misionera, y con el gran público, que espera con agrado y expectación sus escritos.

Como dice el libro de Tobías: «Es bueno guardar el secreto del rey, pero hay que proclamar y reconocer como es debido las obras de Dios» (Tb 12, 7a). Es lo que hace el padre Amatulli en esta trilogía, que da a conocer experiencias y reflexiones muy íntimas, en un momento inédito de su existencia. Así entra en la línea de ilustres predecesores suyos, como San Agustín de Hipona con sus «Confesiones» y el beato Cardenal John Henry Newman con su «Apologia pro vita sua», por citar sólo algunos de los autores más ampliamente conocidos. Sólo que el padre Amatulli lo hace con la máxima brevedad, a todo color y con esa prosa suya tan característica, mientras nos invita a reflexionar con oportunas preguntas, animándonos a volver la mirada hacia nosotros mismos.

Desde la enfermedad

En la introducción al libro «Soñando con los ángeles y los santos», el padre Amatulli así inicia su relato, permitiéndonos participar de su experiencia vital: «Acercándose el momento en que voy a dar el gran paso, empiezo a ver las cosas más allá de lo acostumbrado». Esta frase, de entrada, es desconcertante. ¿Cómo entenderla? Como seguramente saben, desde hace algún tiempo los médicos detectaron en el P. Amatulli la presencia del cáncer de próstata, cuyo tratamiento inició oportunamente.

Pues bien, desde la perspectiva de su enfermedad, el padre Amatulli nos narra algunas experiencias que le han ayudado a una toma de conciencia más patente del mundo espiritual. En «La danza de los ángeles» percibe la presencia real de Nuestro Señor en el Sagrario (descrito por el padre Amatulli como «un rinconcito del paraíso»), rodeado por los ángeles, que danzan alabando al Señor Jesús, en una fiesta de la que él mismo es partícipe. En «La fiesta de los difuntos» divisa que quienes han muerto no nos abandonan del todo y nos recuerda que podemos orar por ellos, evitando cometer sus errores y seguir sus malos ejemplos. Ahora, gracias a una sensibilidad especial, percibe la ayuda invaluable que ha recibido del Ángel de la Guarda en momentos muy importantes de la propia vida y el auxilio maternal de la Virgen de Guadalupe, especialmente en las situaciones más adversas.

En este contexto, un elemento nuevo se ha añadido a la espiritualidad eminentemente bíblica del padre Amatulli: el experimentarse asociado a la Pasión dolorosa de Nuestro Señor Jesucristo, una experiencia que, sin duda, lo configura con Jesucristo, siguiendo el ejemplo de San Pablo: «Completo lo que en mi carne falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

 

Vislumbrando y consolidando la propia vocación

Además, el padre Amatulli nos abre su corazón para revelarnos experiencias que ha vivido en diversas etapas de su vida, en especial en momentos decisivos a nivel vocacional y en su propia relación con Dios. Es el caso de su relato «Deseo de Dios», en el que narra una experiencia de su adolescencia, cuando Dios penetra con mayor fuerza en su vida en un momento profundo de oración.

Una experiencia significativa sucede cuando, habiendo ingresado ya en el seminario, irrumpe en su mente y su corazón una idea clara y precisa: «Yo seré misionero», una convicción que desde entonces da rumbo y sentido a su existencia. Una experiencia muy conmovedora es la que vive con motivo de su ordenación sacerdotal, donde le pide a Dios la gracia de amar a toda la gente que, por diversas circunstancias, tenga algún contacto con él a lo largo de su vida. Por lo que conocemos del padre Amatulli, se ve que el Buen Dios le ha concedido esta gracia.

También nos permite conocer el instante en que su maestra de catecismo, percibiendo algo que ni él mismo percibía en ese momento, le invitó a pensar en ingresar al seminario, convencida de que podría llegar a ser un buen sacerdote. Son los misterios de la vocación, pues no somos nosotros los que hemos elegido al Señor, sino que él nos ha elegido como fruto de su amor gratuito e incondicional.

Desde la perspectiva de la muerte

Por otra parte, el P. Amatulli nos comparte reflexiones muy íntimas bajo el signo de la muerte. Es lo que hace en «La muerte de san José», donde confiesa una santa envidia por la forma en que murió San José, en los brazos de Jesús y de María, y revela su ferviente petición a Nuestra Señora: que en el momento de su muerte, esté presente Ella, juntamente con su divino Hijo y su castísimo esposo, para ayudarlo en ese momento tan trascendental.

La impronta de San Pablo en su vida queda una vez más de manifiesto en su relato «Vivir o morir», en el que reflexiona sobre una disyuntiva que, tarde o temprano, aparecerá también en nuestro horizonte: ¿Es preferible seguir viviendo o es mejor morir de una vez por todas? La tensión es netamente paulina: me gustaría morir para estar con Cristo, pero también anhelo seguir viviendo para continuar anunciando la Palabra de Dios (cfr. Flp 1, 21-24). Sin embargo, puesto que la elección es difícil, el padre Amatulli se pone en las manos del Padre celestial, el único que realmente sabe lo que es más conveniente para la mayor gloria de Dios, el propio bienestar espiritual y el bien de los hermanos.

En «Curiosidad por el más allá», el padre Amatulli trata de asomarse a las realidades últimas, motivado por el reciente fallecimiento de algunos familiares. Descubre así la dimensión ultraterrena de la doctrina paulina del Cuerpo Místico de Cristo, tan relevante para él en su reflexión pastoral: «Sé muy bien que vivos y muertos formamos parte del mismo Cuerpo Místico de Cristo, por lo cual seguimos unidos como antes (y tal vez más que antes), con la posibilidad de ayudarnos mutuamente».

En esta profundización inédita en su bibliografía, el padre Amatulli concibe la muerte como un tránsito, como un paso en adelante que estamos llamados a dar, como un viaje hacia la eternidad. Una cosa es cierta: en esta etapa de su vida, el padre Amatulli va tomando una conciencia cada vez más clara de la caducidad y el sentido de la vida presente y, al mismo tiempo, del valor inconmensurable de la vida futura.

 

Figuras entrañables y textos significativos

Al mismo tiempo, sus escritos recientes nos permiten asomarnos a los personajes y a los textos bíblicos que más le han impactado: destaca la figura de San Pablo, por su celo evangélico y su profundo amor al Señor Jesús; la figura de san Pedro, el príncipe de los Apóstoles, nos permite mirar una fotografía perfecta de la vida de todo creyente, hecha de amor, valentía y debilidad. La impactante figura del profeta Elías es altamente significativa para él, por su decidido combate a la idolatría, su fidelidad a Yahvé y sus profundas experiencias místicas. En realidad la figura del profeta Elías le resulta conocida desde la niñez, por la fiesta de Nuestra Señora del Carmen cada 16 de julio, que se celebra en su ciudad natal, Conversano, Bari (Italia).

Una figura entrañable para el padre Amatulli es el profeta Jeremías, especialmente por su amor y apego a la Palabra de Dios y su fidelidad a la misión profética, en medio de múltiples sinsabores. En esta misma línea, nos presenta la rica personalidad de san Alberto Hurtado, un santo del siglo XX, que se destacó por su importante labor profética, su amor preferencial por los pobres y la decidida promoción de los laicos. Un hombre de acción pero, al mismo tiempo, eminentemente contemplativo.

Un modelo de honestidad intelectual es el Cardenal Newman, que vivió un itinerario doloroso en la búsqueda de la verdad, lo que le llevó, no sin ciertos sinsabores, del anglicanismo a la Iglesia católica. El padre Amatulli lo considera, de hoy en adelante, uno de sus santos protectores, junto con santa Teresa Benedicta de la Cruz, es decir, Edith Stein, a quien admira profundamente por su búsqueda incansable de la verdad, hasta el fondo, en medio de grandes dificultades; también por su fidelidad a Cristo y a su Iglesia, a pesar de la dolorosa ruptura familiar y la perspectiva del martirio bajo las garras del nazismo.

El padre Amatulli nos revela también los textos grabados a fuego en su mente y en su corazón: «Cuando recibía tus palabras, las devoraba; eran para mí el gozo y la alegría de mi corazón» (Jr 15, 16); «Sentía dentro de mí la Palabra del Señor como fuego ardiente, encerrado en mis huesos» (Jr 20, 9), que nos muestran su amor entrañable por la Sagrada Escritura. Destaca también su preferencia por el cántico de Zacarías, su cántico favorito, por la forma en que expresa el estilo y la misión del discípulo y misionero de Cristo, que consiste en dar seguridad al pueblo de Dios, para que pueda vivir en santidad y justicia. En realidad, como san Juan Bautista, todos los agentes de pastoral estamos llamados a ir delante del Señor para prepararle el camino y suscitar un pueblo bien dispuesto al anuncio del Evangelio y a la conversión.

Desentrañando la realidad eclesial

Al mismo tiempo, el padre Amatulli no quita el dedo del renglón: continúa analizando la realidad eclesial para descubrir qué podemos hacer para poner al día a la única Iglesia fundada por Cristo, la Católica, y acometer las tareas que tenemos pendientes, especialmente la purificación de la religiosidad popular y renovar las estructuras caducas, creando aquellas que son necesarias para atender oportunamente a cada católico.

 

Conclusión

Falta aún mucho que decir. Sólo me resta invitarlos a que disfruten la lectura de estos libros, que nos permiten asomarnos al corazón de nuestro padre fundador para acompañarlo en esta nueva aventura de su vida, en la que se encuentra asociado a la pasión de Nuestro Señor Jesucristo y con el corazón abierto para compartirnos hondas experiencias y reflexiones que nos permiten asomarnos a la eternidad.

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